Paradoja 2. Una reflexión sobre las energías internas, el equilibrio entre lo femenino y lo masculino, y el espejo que habitamos.
Paradojas de una Polilla Ecléctica
Yin y Yang, el alma que pulsa entre dos fuerzas.
Bienvenidos a mi mente, Polillitas. Intenta no dejarte deslumbrar por la conexión de mis neuronas.
A veces me
pregunto cómo es posible que mi cuerpo exprese una cosa, pero mi energía diga
otra. Que mi forma camine con seguridad mientras mi interior anhela
recogimiento. O al revés: que el mundo me vea suave y delicada, mientras por
dentro siento una fuerza que arrasa, que grita, que decide.
En algunas
cartas astrales lo muestran claramente: una proporción distinta entre yin y
yang. Energía femenina en un cuerpo masculino. O masculina en uno femenino.
¿Cómo se explica eso?
No hablo
solo de identidad de género, aunque entiendo que esta reflexión resuene en
quienes sienten que su alma no se alinea con su forma física. Pero no me quedo
ahí. Lo que propongo va más allá.
No se trata
de elegir entre una energía o la otra, ni de quedarse a vivir eternamente en un
extremo. Se trata de aprender a fluir entre ambas. A reconocer que hay momentos
donde el alma necesita recogerse, nutrirse, suavizarse: eso es yin. Y
otros donde debe tomar el mando, empujar, decidir con fuego: eso es yang.
Ambas están
en nosotros. No importa el cuerpo. Ni el sexo. Ni la cultura. Ni lo que esperan
de ti. Porque el alma no se define por moldes.
Y también
sé que hay almas que, con plena consciencia, necesitan transformar su cuerpo
para reconocerse en él. Para vivir su verdad en armonía entre lo interno y lo
externo. Y merece el más profundo respeto y apoyo. Ese tránsito también es
sagrado. También es despertar.
Hay quien
siente que su energía no encaja en el cuerpo que habita. Que hay una distancia
entre lo que muestra al mundo y lo que vive dentro. Y eso no es un error.
Quizás el alma eligió ese cuerpo con esa energía opuesta precisamente para
comprender el equilibrio desde dentro. Para experimentar lo que significa moverse
entre dos mundos sin aferrarse a ninguno.
En la
primera divagación me preguntaba: ¿Y si no existe una sola fuerza divina,
sino dos? ¿Y si lo que llamamos vida no es más que el baile eterno entre
ambas? No todo es blanco. No todo es negro. Pero el blanco y el negro
existen. Y el gris no es una zona confusa, sino alquimia pura. Es en ese gris
—ni noche ni día, ni luna ni sol— donde se revela la magia. Ahí, justo ahí,
nace el equilibrio.
Y aquí lo
esencial: el cuerpo no es una prisión. Es un puente. Un puente que el alma
puede cruzar de mil formas, con sus silencios y sus rugidos. A veces se sentirá
incómoda en él, y otras veces descubrirá que es su mayor aliado.
Cuando ese
puente se recorre con conciencia, el espejo que vemos fuera empieza a reflejar
lo que se ha armonizado dentro. La mirada cambia. La piel se siente diferente.
La voz se vuelve canal de verdad.
Y sí, habrá
quien se mire al espejo cada día y no se reconozca. Habrá quienes sientan que
algo dentro se apaga al verse fuera. Y a esas almas, con todo mi amor les digo:
¿Y si el
espejo puede cambiar también?
¿Por qué no
transformar lo que ves hasta que un día puedas mirarte y decir:
"Esta
soy yo. Esta soy yo de verdad."
Casi ver tu
alma brillando a través de tu carne. Y salir al mundo con los ojos chispeando
de autenticidad.
Porque el
verdadero equilibrio no es mitad y mitad. Es saber
bailar entre los dos polos sin perderse en ninguno. Es escuchar
la vida cuando te susurra que contengas, y también cuando te pide que ardas. Es saber
cuándo toca contener y cuándo soltar. Cuándo
abrazar con ternura y cuándo con fuerza. Cuándo ceder…
y cuándo tomar tu lugar con el pecho en alto.
Y es
entonces cuando entiendes que la dualidad no es un castigo. Es una
brújula. Una que no apunta al norte, sino a tu centro. Tal vez, al
final, el alma no vino a definirse por uno de los dos lados, sino a recordar
que contiene a ambos. Tal vez la dualidad yin-yang no sea una contradicción. Y que la
divinidad no es solo luz blanca o fuego rojo, sino esa danza infinita entre
luna y sol, entre océano y volcán, entre el pulso que recoge… y el que se
expande.
Claro que
habrá quien, al leer esto, diga:
"Polilla
Ecléctica, lo pones muy bonito... ¿pero cómo llego a ese equilibrio
interno?"
La
respuesta no es una.
No es
rápida.
Ni lineal.
Pero
comienza con un paso silencioso y sincero: escucharte.
No a lo que
crees que deberías ser.
No a lo que
otros dicen que eres.
Sino a esa
voz sutil que siempre ha estado ahí…
susurrando
quién eres, en realidad, cuando nadie te mira.
Y luego…
poco a poco… permitirte ser.
No lo sé. Solo soy una polilla ecléctica, fascinada por la luz de las ideas, aunque a veces me quemen las alas.
Hasta la próxima paradoja, Polillita. Que tu mente siga zumbando con preguntas, no con respuestas.
Las mejores conexiones llegan cuando las neuronas zumban con calma.


Comentarios
Publicar un comentario