Hay películas que exigen un segundo visionado, no porque su trama sea un laberinto, sino porque los detalles te gritan desde la pantalla pidiendo un análisis más reposado. Tras sentarme por segunda vez ante el Drácula (2025) de Luc Besson, mi libreta se ha llenado de apuntes, contradicciones y, por qué no decirlo, un poco de indignación filosófica. Besson nos prometió la historia de amor definitiva, pero lo que nos encontramos es un recordatorio de cómo el dogma y el ego humano (incluso el de un vampiro inmortal) son capaces de asfixiar el sentimiento más puro.
Las dos caras de la moneda divina:
Matar en nombre de Dios
La película abre el telón dejando las intenciones claras. El príncipe Vlad, ante la inminencia de la masacre, le pregunta al clérigo si la carnicería es la voluntad de Dios. ¿La respuesta? "No dejes a ni uno vivo". Desde una perspectiva espiritual, es el peor consejo posible: un Dios que castiga a Vlad arrebatándole a su amada Elisabeta precisamente por haber sesgado tantas vidas en su nombre.
Es el eterno y cansino bucle cinematográfico: la ciencia se rinde ante lo inexplicable y la Iglesia corre a llenar el vacío tachando de "demoníaco" todo lo que no comprende (atribuyendo la autoría al Conde Drácula, un vampiro íntimamente ligado a lo demoníaco). Pero lo verdaderamente fascinante es la hipocresía del clero. Hacia el final, cuando el sacerdote confronta a Drácula, le espeta que el hombre mata porque quiere, no porque Dios se lo pida. Qué razón tiene, y qué tarde llega esa verdad. Si el primer cura no hubiera bendecido la matanza bajo la bandera de la fe para salvarse de la conquista musulmana —viendo en ella un peligro para la revisión cristiana—, Vlad jamás se habría maldecido. Dos curas, dos caras de una misma moneda institucional que destruye vidas mientras pretende salvar almas.
Un apunte visual: El diseño de producción de esta película es una locura magnética. La armadura de Vlad con el casco estilo dragón es impresionante (un gran acierto poético el rugido final de "ahora sabrán lo que es despertar a un dragón"). En contraste, el vestuario de ella para escapar me pareció tan ostentoso como ridículo. ¿Quién huye de incógnito vestida para una gala real? Eso sí... las cabezas ensartadas en picas, impecables. Un deleite gótico.
Símbolos de muerte y el refugio de los desesperados
Hay un detalle conceptual que siempre me vuela la cabeza en el cine de vampiros y que esta versión vuelve a subrayar: el uso del crucifijo. ¿De verdad el creyente piensa que un trozo de madera o metal le protegerá del mal absoluto? Depositamos una fe ciega en un símbolo que no representa la protección, sino la tortura y la ejecución del tipo más noble y poderoso que pisó la Tierra. Aun así, la película nos muestra que, al borde del abismo y a los pies de la muerte, todos buscan a Dios por puro terror a la no-existencia y a dejar de existir.
Drácula se autocompadece repitiendo que es una alma maldita por el Creador y que le fue arrebatado el "privilegio de morir". Pero seamos honestos: Dios no intervino aquí. Fue la voluntad inquebrantable de Vlad la que lo transformó; él se impuso esa condición por la horrible pérdida de su amada. Su subconsciente se negó a morir porque la esperanza de reencontrarla era más fuerte que la muerte. Aunque estuviese convencido de haber perdido la fe, esa esperanza invisible no le dejaba morir. La voluntad humana siempre ha sido el dios más poderoso de nuestra propia historia.
El amor ciego, el perfume y el error del cuerpo
"No hay peor enfermedad que vivir sin amor", nos dice la película. Una frase idílica, pero tramposa. El amor ciega a Drácula. Si mirase con atención, vería que el amor no es un recurso limitado que pertenece a una sola persona en toda la eternidad; el amor está expandido en el universo y está en todas partes. Pero él prefiere la obsesión.
Y aquí llega uno de los puntos más absurdos del guion: ¿Dedicar siglos de inmortalidad a destilar una fragancia? ¿Un perfume controlador para recuperarla? Me parece una nimiedad ridícula y arriesgada para alguien con semejante poder. ¿Y si no funcionaba con ella?
Detalles para el recuerdo: Justo en mitad de ese sinsentido, la película nos regala un momento precioso en un campo de lavanda: "Algunas flores llevaban siglos intoxicando nuestra imaginación". Hermoso. Del mismo modo que resulta fascinante cómo los locos del manicomio reconocen de inmediato su poder, o el magnetismo poético de Drácula cuando le dice a las monjas: "mirad en qué os ha convertido Dios, corazones de piedra en cuerpos durmientes que se asfixian bajo sus hábitos". Prisioneras voluntarias bajo la norma divina.
Aunque, si de evocar el pasado se trata, la escena de la caja de música y la fuerza con la que ella recuerda su pasado demuestra que el arte y la melodía tienen un poder infinitamente superior a cualquier aroma manipulador, rompiendo esquemas en ese precioso momento del balcón en el que él está a punto de marcharse. También se nombra a Andalucía como la encarnación de su enamorada, y no es para menos, pues es una tierra bellísima.
El verdadero problema de Drácula es que, tras 400 años, sigue sin entender nada. Cuando desentierra a su amada, rompe las maderas de la tumba y se encuentra con polvo... ¿qué esperaba ver? Se enamoró de su alma, no de su envase. Por eso resulta tan contradictorio que solo convirtiera a mujeres para que le sirvieran de sabuesos en su búsqueda. ¿Si el amor es tan fuerte, por qué delegar el trabajo? ¿Por qué cansarse y pensar en abandonar cada vez que sufría una decepción si tenía todo el tiempo del mundo?
Un final sin lógica:
Cuando el ego gana la batalla
El desenlace es, a mi parecer, donde la película se desmorona bajo el peso de sus propias contradicciones. El sacerdote convence a Drácula de que Dios romperá su maldición si se arrepiente y se deja destruir para salvarlo. Y Drácula acepta, convirtiéndose en un muerto al que Dios ha condenado a vivir.
¿De verdad? ¿Pasas cuatro siglos desafiando al cielo, cruzando océanos de tiempo, mandando esbirros a buscarla, y en el momento exacto en que la recuperas y podéis por fin vivir la eternidad juntos... decides dejarte morir engañado por la palabrería de un cura que te promete que Dios te salvará? ¿Acaso puede más el deseo de descansar que su supuesto inmenso amor? No tiene explicación lógica. ¿Es una película de amor o de religión?
Es un final profundamente egoísta y doloroso. Verla a ella suplicarle que no la abandone, y ver cómo él decide dejarla sola en el mundo —haciéndola pasar exactamente por el mismo sufrimiento y calvario que él sufrió durante 400 años— me parece hipócrita. Muestra una debilidad absoluta ante el supuesto poder de un Dios que, en realidad, ni siquiera existe. Se deja matar y deja morir el amor. Y es que, una vez más, Dios no es amor: el amor es mucho más poderoso que Dios. El ego siempre destruye al amor de la manera más eficaz, incluso cuando nos deja con la boca abierta ante loquísimas decisiones visuales, como descubrir que las gárgolas del castillo eran en realidad niños.


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